domingo, 18 de febrero de 2018

RESPUESTA A LOS CATÓLICOS CLERICALES QUE CREEN QUE LAS ENCÍCLICAS SOCIALES LES DICTAN TOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOODO LO QUE TIENEN QUE PENSAR Y DECIR (INCLUiDOS QUIENES LAS ESCRIBEN).


De my new book Judeocristianismo, civilización occidental y libertad.


Cap. 7, punto 3.

La recuperación de lo opinable
Ha sido evidente que a lo largo de todo este libro hemos tratado de aclarar qué cosas son opinables en relación a la Fe y por eso, cuando algunas intervenciones especiales del Magisterio se inclinaban por un tema opinable que nos favorecía, hemos aplicado la categoría de “acompañamiento” para respetar la libertad de opinión del católico. Ya nos hemos referido a ello y en ese sentido no habría más nada que agregar.
Sin embargo, si estamos hablando de la recuperación del laicado, este es uno de los temas más graves desde fines del s. XIX hasta este mismo año (2018) y lo seguirá siendo, temo, muchos años más, y constituye uno de los problemas más graves de la Iglesia.

3.1.     El tema en sí mismo
La cuestión en sí misma no debería presentar ningún problema. Es obvio que “…Lo sobrenatural no debe ser concebido como una entidad o un espacio que comienza donde termina lo natural “, pero ello implica justamente que el ámbito de las realidades temporales debe ser fermentado directamente por los laicos e indirectamente por la jerarquía a través del magisterio que le es propio (me refiero a obispos y al Pontífice). Es obvio también que aunque lo natural sea elevado por la Gracia, ello no borra la distinción entre lo sacro, en tanto el ámbito propio de los sacramentos, y lo no sacro, donde puede haber sacramentales pero según las disposiciones internas de los que los reciban.
En ese sentido, puede haber, a lo largo de los siglos, una enseñanza social de la Iglesia en tanto a:
a)         Los preceptos primarios de la ley natural que tengan que ver con temas sociales (como por ejemplo el aborto)
b)        Los preceptos secundarios de la ley natural en sí mismos, donde se encuentran los grades principios de ética social (dignidad humana, respeto a sus derechos, bien común, función social de la propiedad, subsidiariedad, etc.) con máxima universalidad, sin tener en cuenta las circunstancias históricas concretas.
El magisterio actual ha aclarado bastante sus propios niveles de autoridad sobre todo en la Veritatis splendor[1] y Sobre la vocación eclesial del teólogo[2].
Tanto a como b pueden ser señalados por el magisterio ya sea positivamente (afirmando esos grandes principios) o negativamente, cuando advierte o condena sistemas sociales contradictorios con ellos (como fueron las advertencias contra los estados y legislaciones laicistas del s. XIX, o las condenas contra los totalitarismos en el s. XX).
Ahora bien, hay otras cuestiones sociales que no se desprenden directamente de a y b. ESE es el ámbito “opinable en relación a la Fe”: opinable no porque no pueda haber ciencias o filosofía social sobre ellos, sino porque esas ciencias y-o filosofías sociales corresponden a los laicos y no se desprenden directamente de las Sagradas Escrituras, la Tradición o el Magisterio de la Iglesia.
A partir de lo anterior se desprende deductivamente que esos ámbitos opinables son:
a)         El estado de determinadas ciencias o conocimientos sociales en una determinada etapa de la evolución histórica;
b)        la evaluación de una determinada circunstancia histórica a partir de a,
c)             la aplicación prudencial de los principios universales a una situación histórica específica, a la luz de a y b.
Ejemplo: nuestros conocimientos actuales sobre demo­cracia constitucional (a); el diagnóstico de la falta de instituciones republicanas en América Latina (b); las propuestas de reforma institucional para América Latina (c).
Todo lo cual muestra toda la hermenéutica implícita cada vez que hablamos de estos tres niveles en los temas sociales, y por ende la ingenuidad positivista de recurrir a “facts” para estas cuestiones.

3.2.  ¿Señaló el Magisterio este ámbito de opinabilidad?
          Por un lado, si. Los textos son relativamente claros:
a)         León XIII, Cum multa, 1882: “... también hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y como identifican la religión con un determinado partido político, hasta el punto de tener poco menos que por disidentes del catolicismo a los que pertenecen a otro partido. Porque esto equivale a introducir erróneamente las divisiones políticas en el sagrado campo de la religión, querer romper la concordia fraterna y abrir la puerta a una peligrosa multitud de inconvenientes”.
b)        León XIII, Immortale Dei, 1885: “Pero si se trata de cuestiones meramente políticas, del mejor régimen político, de tal o cual forma de constitución política, está permitida en estos casos una honesta diversidad de opiniones”.
c)         León XIII, Sapientiae christianae, 1890: “La Iglesia, defensora de sus derechos y respetuosa de los derechos ajenos, juzga que no es competencia suya la declaración de la mejor forma de gobierno ni el establecimiento de las instituciones rectoras de la vida política de los pueblos cristianos”…. “...querer complicar a la Iglesia en querellas de política partidista o pretender tenerla como auxiliar para vencer a los adversarios políticos, es una conducta que constituye un abuso muy grave de la religión”.
d)        León XIII, Au milieu des sollicitudes, 1891: “En este orden especulativo de ideas, los católicos, como cualquier otro ciudadano, disfrutan de plena libertad para preferir una u otra forma de gobierno, precisamente porque ninguna de ellas se opone por sí misma a las exigencias de la sana razón o a los dogmas de la doctrina católica”.
e)        Pío XII, Grazie, 1940: “Entre los opuestos sistemas, vinculados a los tiempos y dependientes de éstos, la Iglesia no puede ser llamada a declararse partidaria de una tendencia más que de otra. En el ámbito del valor universal de la ley divina, cuya autoridad tiene fuerza no sólo para los individuos, sino también para los pueblos, hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepción políticas; mientras que la práctica afirmación de un sistema político o de otro depende en amplia medida, y a veces decisiva, de circunstancias y de causas que, en sí mismas consideradas, son extrañas al fin y a la actividad de la Iglesia”.
f)          Vaticano II, Gaudium et spes, 1965: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.
g)         Juan Pablo II, Centesimus annus, 1991: “Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del Magisterio”.
Podríamos citar algunos textos más, pero, como vemos, la noción en sí misma de lo opinable es clara.

3.3.     Pero por el otro lado...
Pero, sin embargo, habitualmente las cosas no han sido tan claras. Los textos pontificios sobre temas sociales están inexorablemente adheridos a las circunstancias históricas, a su interpretación según criterios de la época y a recomendaciones y aplicaciones en sí mismas prudenciales. Nadie pide que no sea así, el problema es que los pontífices no se han caracterizado por aclararlo bien. Y no porque “se descuenten los principios hermenéuticos de interpretación teológica”. Hemos visto que, comenzando por el tema político, Gregorio XVI y Pío IX unieron indiscerniblemente a la recta condena de los estados laicistas con el intrínsecamente contingente régimen de ciudadanía = bautismo, que tantos problemas trajo para la posterior declaración de libertad religiosa. Hemos visto cómo ello fue aprovechado por los católicos que apoyaron a Mussolini (comenzando por Pío XI) y Franco, que tuvieron el atrevimiento de presentar eso como “doctrina social de la Iglesia”. Hemos visto cómo ese error comenzó a remontarse desde Pío XII en adelante, cómo este último tuvo que “acompañar” al surgimiento de las democracias cristianas de la post-guerra europea precisamente porque desde ese error se pretendía condenar por hereje al que pensara lo contrario. Hemos visto que el mismo, clerical e integrista error siguió en Lefebvre y pasa luego, de peor modo, a la horrorosa mezcolanza que hacen los teólogos de la liberación entre el comunismo de los medios modernos de producción y el “pueblo de Dios”. Hemos visto cómo Benedicto XVI tiene que salir a aclarar qué es lo contingente y qué es lo esencial, y cómo tuvo que “acompañar” nuevamente a los elementos más contingentes de la modernidad católica, para ver si la institucionalidad republicana penetraba en la mente de los integristas católicos de derecha o izquierda, y hemos visto que casi nadie lo escuchó ni lo entendió. Y todo eso por no haber distinguido en su momento lo opinable de lo que no lo era.
En el plano económico, temas que son intrínsecamente opinables en relación a la Fe, han pasado a ser parte de una especie de pensamiento único que todo católico debería aceptar so pena de ser un mal católico entre aquellos que recitan de memoria las encíclicas. La leyenda negra de la Revolución Industrial, desde León XIII en adelante; el capitalismo liberal como el imperialismo internacional del dinero, desde Pío XI en adelante; un programa casi completo de política económica, en la última parte de la Mater et magistra de Juan XXIII; la redistribución de ingresos y la llamada justicia social, desde Pío XI en adelante; la teoría del deterioro de los términos de intercambio, desde Pablo VI en adelante, y así… hasta hoy. Para colmo gran parte de esas encíclicas son redactadas por asesores que así convierten sus personales opiniones (que deberían haber sido debatidas académicamente) en “Doctrina social de la Iglesia”. La situación no se solucionó porque San Juan Pablo II haya hablado de economía de mercado en la Centesimus annus: era obvio que fue un párrafo incrustado por un asesor desde fuera del pensamiento real de Karol Wojtyla, que, por ende, ni él se lo creyó. Y además tampoco la solución pasaba porque entonces la economía de mercado pasara a ser, sin distinciones, otro tema opinable convertido en no opinable…
El problema NO consiste en que un católico considere que todas esas cosas son verdaderas. El problema es que desde los pontífices para abajo, sin casi distinciones y aclaraciones, se consideran parte de la cosmovisión católica de la vida. O sea, el problema NO consiste en que un católico, sea el pontífice o Juan católico de los Palotes, opine así, el problema es que lo piense como cuasi-dogma social. Ese es el problema.

3.4.     ¿Por qué? Diagnóstico
¿Pero por qué ha sucedido esto? Fundamentalmente por dos razones.
Primera: en el plano político y económico, los pontífices no han dejado de gobernar. Fueron casi 17 siglos de clericalismo. La desaparición forzada de los estados pontificios los dejó sin territorios pero sí con el arma moral de la conciencia de los católicos. Y abusando de su autoridad pontificia –un problema previsto por Lord Acton– no sólo condenaron rectamente lo que tenían que condenar, sino que además cada uno de ellos propuso su “plan de gobierno” en encíclicas que comenzaron a llamarse “Doctrina social de la Iglesia”. Cuidado, no digo que ello no haya sido históricamente comprensible o que en esos “gobiernos” no haya habido cosas buenas aunque opinables. Lo que digo es que, al excederse de los tres temas señalados como no opinables, “gobernaban” en lo contingente, según visiones también contingentes, y lo peor es que su territorio era el mundo entero.
En un mundo paralelo imaginario, los pontífices deben tener la “denuncia profética” de la injusticia a nivel social, rechazando lo que sea contradictorio con la Fe y la moral católicas, pero las cuestiones afirmativas –qué sistema social seguir, qué hacer in concreto- deben ser dejadas a los laicos, que, por ende, tendrían opiniones diferentes entre ellos, ninguna “oficialmente católica”. Pero no: los pontífices, hasta hoy, hablaron y hablan sencillamente de todo y prácticamente presentan todo ello como obligatorio para el laico. Y no como la filosofía, que habla “de todo” pero desde las causas últimas y los primeros principios. Hablan de todo en cuanto concreto: opciones concretas, interpretaciones concretas, de política y economía, desde los sistemas concretos de redistribución de ingresos, pasando por la política exterior, monetaria, fiscal, agrícola, industrial, cambio climático, medio ambiente, seguridad, etc. Hasta hoy. El famoso “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia” (op.cit.) es un buen ejemplo: prácticamente no hay tema que no esté allí contemplado, y entregado al laico como “tome, esto es lo que tiene que pensar y decir”.
La segunda razón es el radical desconocimiento del ámbito propio de la ciencia económica, esto es, las consecuencias no intentadas de las acciones humanas. Casi todos los documentos pontificios están escritos desde el paradigma de que si hubiera gobiernos cristianos, y por ende “buenos”, ellos redistribuirían la riqueza, que se da por supuesta; ellos implantarían la justicia con diversas medidas intervencionistas cuyas consecuencias no intentadas no se advierten. El mal social proviene de personas malas, no católicas, que defienden la maldad de un sistema liberal que sólo puede ser defendido desde el horizonte de la defensa de los intereses del capital.
Con ello, ¿qué lugar queda para la economía como ciencia? Ninguna, excepto la del contador que hace las cuentas para el obispo. Como mucho, un laico sabrá de diversos “tecnicismos”, pero las grandes líneas de gobierno ya están planteadas porque, frente al paradigma anterior, no hay economía como ciencia sino más bien gobiernos buenos, que harán caso a las encíclicas, o gobiernos malos, que no. Y punto.
Pero la realidad de la escasez no es así. Como hemos visto cuando analizamos a los escolásticos, las medidas supuestamente “buenas” de los gobiernos tienen consecuencias no intentadas por el “buen” gobernante. Los precios máximos producen escasez; los mínimos, sobrantes; los salarios mínimos producen desocupación; el control de la tasa de interés, crisis cíclica; el control de alquileres, faltante de vivienda; las tarifas arancelarias, monopolios legales e ineficiencia, la emisión de moneda, inflación, y la socialización de los medios de producción, imposibilidad de cálculo económico. Siempre es así pero siempre se vuelven a hacer las mismas cosas suponiendo que alguna vez un gobernante “más bueno”, “más lector del magisterio”, lo va a hacer “bien”. Y el que piense lo contrario desconoce o desobedece a “la doctrina social de la Iglesia”; por ende es un mal católico y un manto de silencio lo cubre en ambientes eclesiales, como un cadáver al cual se le cubre caritativamente el cuerpo.
Mientras no se tenga conciencia de esto, los pontífices seguirán hablando como si la economía dependiera de las solas y bienintencionadas órdenes de los gobernantes cristianos, escritas por ellas en sus encíclicas sociales.

3.5.     ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?
Son desastrosas, por supuesto. Comencemos por la primera: la des-autorización del magisterio pontificio.
De igual modo que, a mayor emisión de oferta monetaria, menor valor de la moneda, a mayor cantidad de temas tratados, menor valor. O sea, se ha producido una inflación de magisterio pontificio en temas sociales[3], en cosas totalmente contingentes, que deberían ser tratadas por los laicos. Con lo cual se ha violado el principio de subsidiariedad en la Iglesia: el pontífice no debe hacer lo que los obispos pueden hacer, y los obispos no deben hacer lo que corresponde a los laicos. La invasión directa de la autoridad del pontífice en temas laicales implica que el pontífice se introduce cada vez más en lo más concreto, donde ha más posibilidad de error[4]. De igual modo que los preceptos secundarios de la ley natural demandan una premisa adicional que no está contenida en los preceptos primarios, mucho más cuando de los primarios y secundarios se pasa a cuestiones políticas y económicas irremisiblemente históricas y prudenciales.
Ante esta inflación de magisterio pontificio, se produce un efecto boomerang. Es imposible una estadística, pero algunos –ya jerarquía o laicos– no tienen idea de lo que ocurre ni les interesa. Otros, guiados por un sano respeto al magisterio, repiten todo, desde la Inmaculada Concepción hasta la última coma de la entrevista del Papa en el avión sobre las marcas dentífricas. Eso produce un caos total, porque los laicos, inconscientemente, van adaptando una multitud cuasi-infinita de párrafos pontificios a su ideología opinable concreta, y van armando una Doctrina Social de la Iglesia a la carta que luego además se echan los unos a los otros con acusaciones mutuas de infidelidad al magisterio. Ante este caos, muchos finalmente optan por decir lo que quieren ante un magisterio que en el fondo se ha metido en lo que no le corresponde. Otros, finalmente, en silencio, obedecen al magisterio en sus ámbitos específicos y mantienen en reserva mental (y en silencio) su posición en temas opinables.
Lo que ha sucedido también es el avance de teologías de avanzada en temas sociales y dogmáticos. Esto ya fue visto por Pío XII, en su famosa Humani generis, con el intento de frenarlo[5]. Pero no pudo. Esas teologías habitualmente desobedecen al Magisterio en todo lo que sea fe y costumbres pero lo siguen cada vez que el Magisterio avanza en temas sociales más para la izquierda. Así, en los 60’ y los 70’, los teólogos de la liberación proclamaban exultantes a la Populorum progressio mientras ocultaban y silenciaban a la Humanae vitae y al Credo del Pueblo de Dios. Y así sucesivamente. Y con ello se ha producido una especie de consenso, un casi pensamiento único en la Iglesia, ante el cual, si eres un teólogo o pensador católico “de avanzada”, dices absolutamente lo que quieres en temas de Fe y costumbres, pero en cambio sigues a pie de juntillas el plan más estatista establecido en la Populorum progressio, en las Conferencias episcopales latinoamericanas y en las primeras dos encíclicas sociales de Juan Pablo II[6]. Eso sí: sobre esto, entonces, ya no hay libertad de opinión. Si no sigues al los nuevos dogmas estatistas, entonces sí que estás excomulgado. O sea, en lo opinable, pensamiento único; en Fe y costumbres, lo que quieras.
Todo esto es un caos, del cual no se ha salido en absoluto. El laicado, ante esto, ha quedado, o totalmente indiferente, con lo cual lo que digan los pontífices en temas de Fe y costumbres ya no importa, o totalmente clerical, integrista y dividido. Cada grupo se ha armado su propia versión de la Doctrina Social de la Iglesia, sin conciencia de lo opinable, cortando y pegando los párrafos que les convienen –porque la cantidad de párrafos en los asuntos contingentes es tan amplia que da para ello– y acusando al otro grupo de infidelidad a la Iglesia.
La corrección de todo esto va a tardar mucho. Pero los laicos no deberían pedir a los pontífices expedirse en temas contingentes, ni estos últimos deberían hablar sobre esos temas. La cuestión ya no pasa por interpretar lo que dijo Pablo VI sobre comercio internacional: la cuestión pasa por reconocer que sencillamente no debería haber dicho nada. La cuestión ya no pasa por interpretar los párrafos de Juan XXIII sobre industria, comercio e impuestos: la cuestión es que no debería haber dicho sencillamente de eso, igual que San Josemaría Escrivá de Balaguer, que nunca invadía los ámbitos propios de los laicos.
La solución del famoso tema de la economía de mercado no pasa, por ende, por tener un Papa que bendiga y eche agua bendita a las teorías del mercado. La cuestión pasa por callar y dejar actuar y pensar a los laicos. Establecidos principios muy generales como propiedad y subsidiariedad, hasta dónde llega la acción del estado es materia de libre discusión entre los laicos. Si un laico basado en Keynes está de acuerdo con una política monetaria activa y yo, basado en Mises, estoy de acuerdo con el Patrón Oro, la solución del problema no pasa porque venga un Papa “aurífero”. Yo no necesito que el Papa se pronuncie en ese tema. En ese tema, y en la mayor parte de los termas, que se calle y que deje actuar a los laicos. Así de simple. Y cuando los laicos opinen, que no tengan párrafos diversos del magisterio para sacralizar, clericalizar su posición y echársela por la cabeza al laico que piensa diferente.
Así, cuando Roma hable, será importante. Así, cuando Roma hable, será porque verdaderamente hay que confirmar en la Fe. Así, cuando haya un concilio ecuménico o una encíclica, será sobre temas de Fe y no sobre cuántos impuestos haya que cobrar o cuántas empresas haya que estatizar o privatizar. Pueden los pontífices “acompañar” a una cuestión temporal legítima, si –como sucedió y sucede– un pontífice anterior y/o los laicos la hubieran convertido en una herejía, para dejar lugar a la libertad de los laicos en ese tema. Exactamente como tuvo que hacer Pío XII con la democracia constitucional. Pero ese “acompañamiento” debería ser la excepción y no la regla.
Para que todo esto pase de la potencia al acto, se necesitan nuevas generaciones, formadas en todo esto, capaces de hacer y vivir estas distinciones. No sabemos cuándo y cómo puedo ello ocurrir. Los tiempos de la Iglesia son de Dios. Humanamente, un cambio así de hábitos intelectuales puede tardar cientos de años.



[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_ jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html.
[2]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html.
[3] Como hemos denunciado en nuestro artículo La devaluación del magisterio pontificio, op. cit.
[4] Santo Tomás explica perfectamente el grado de falibilidad mayor a medida que vamos descendiendo en las circunstancias concretas de una conclusión moral-prudencial: “…Por tanto, es manifiesto que, en lo tocante a los principios comunes de la razón, tanto especulativa como práctica, la verdad o rectitud es la misma en todos, e igualmente conocida por todos. Mas si hablamos de las conclusiones particulares de la razón especulativa, la verdad es la misma para todos los hombres, pero no todos la conocen igualmente. Así, por ejemplo, que los ángulos del triángulo son iguales a dos rectos es verdadero para todos por igual; pero es una verdad que no todos conocen. Si se trata, en cambio, de las conclusiones particulares de la razón práctica, la verdad o rectitud ni es la misma en todos ni en aquellos en que es la misma es igualmente conocida. Así, todos consideran como recto y verdadero el obrar de acuerdo con la razón. Mas de este principio se sigue como conclusión particular que un depósito debe ser devuelto a su dueño. Lo cual es, ciertamente, verdadero en la mayoría de los casos; pero en alguna ocasión puede suceder que sea perjudicial y, por consiguiente, contrario a la razón devolver el depósito; por ejemplo, a quien lo reclama para atacar a la patria. Y esto ocurre tanto más fácilmente cuanto más se desciende a situaciones particulares, como cuando se establece que los depósitos han de ser devueltos con tales cauciones o siguiendo tales formalidades; pues cuantas más condiciones se añaden tanto mayor es el riesgo de que sea inconveniente o el devolver o el retener el depósito” (Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 4 c).
[5]Véase: http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf _p-xii_enc_12081950_humani-generis.html.
[6] Nos referimos a Laborem exercens y Sollicitudo rei sociales. Cuando salió Centesimus annus, oh casualidad, los ultra pro-Juan Pablo II callaron repentinamente…

EL ORIGEN ULTIMO DE LA FAMOSA GRIETA



Tuve una vez un grupo de alumnos que defendían, según creo yo, una ideología autoritaria. Resultaron ser tan absolutamente buenos, tan llenos de vida y de buen humor, que hicimos amistad enseguida. Entonces nos permitíamos el humor. Yo les decía, “¿pero esto que estoy diciendo según ustedes debería estar prohibido no?”. “¡Claro!!!!!!!!”, me respondían muertos de la risa, tan muertos de la risa que en realidad se veía perfectamente que no serían capaces ni de encarcelar ni perseguir a la más molesta cucaracha. Entonces yo seguía: pero si no me van a prohibir, son liberales!!! ¡Nadie es perfecto!”, me respondían, muertos de la risa otra vez. Y verdaderamente eran liberales de espíritu;  varios de ellos siguen siendo mis amigos hasta el día de hoy y son uno de mis más gratos recuerdos de mi vida docente.

¿Eran incoherentes? No creo, pero, tal vez, incoherentes como los tantos liberales que tratan a los demás de modo autoritario. Ellos eran autotitulados XX que trataban a los demás con total respeto y caridad. Finalmente, lo que piensas se juega en lo que haces. 

Porque si somos coherentes, hay ideologías y pensamiento que en su contenido mismo no pueden admitir el diálogo.

Que esas ideologías sean parte del juego democrático es imposible, pero es sin embargo la situación en la mayor parte del mundo.

Porque le democracia constitucional implica, sí, diálogo, debate, sobre “cómo administrar la cosa pública”, supuesta la aceptación de ciertos principios en común, como los derechos individuales y los modos procedimentales de una República, que ya están en la Constitución Federal.

Esa fue la situación originaria de los EEUU.

Movimientos fascistas, como Mussolini o Perón, que se atribuyen a ellos mismos la representación de la patria entera versus el anti-patria, el traidor, o movimientos marxistas –que luego se juntan- que se atribuyen a ellos mismos ser la encarnación de la clase explotada versus la clase explotadora, son intrínsecamente incompatibles y des-estabilizadores de una democracia constitucional, donde los demás no son ya otro modo opinable de administrar la cosa pública, sino los traidores, los vende-patrias, los explotadores, los vendidos al imperialismo, etc. Para ellos, los demás son malos o tontos. Por eso, coherentemente, no admiten dialogar, sino monologar e imponer la nación, la raza, la clase, etc. Por eso dialogar con ellos es verdaderamente imposible. Por eso quiebran a la democracia. Y cuando no sólo en Argentina, sino en muchos lugares del mundo, estos movimientos participan de la democracia deliberativa sin tirarla abajo totalmente, porque la quieren conquistar al estilo Hitler en 1933, entonces imposibilitan el diálogo. Cuando están en el poder, todos los demás son los enemigos a vencer y cuando por milagro dejan de ser poder – como en Argentina- denuncian a los otros como la clase dominante explotadora, y todos sus movimientos y palabras son para sacar del poder a lo que consideran un poder ilegítimo.

Esto último es fundamental. En la democracia deliberativa puede no gustarte el presidente, pero es el presidente. Yo, como soy un liberal, llegué a decir que Cristina Kirchner era, aunque lamentablemente para mí, mi presidente. Pero ellos no pueden hacer lo mismo. Por eso en EEUU, donde la grieta ha llegado –ya hace mucho-, cuando ganó Trump los de la izquierda del partido demócrata gritaban desesperados “este no es mi presidente”. Gravísimo. Lejos quedaron los tiempos de Al Gore, cuando la Corte Suprema decidió que Bush había ganado en el Colegio Electoral. Gore dio el mejor discurso de su vida. Avanzó solo hacia un micrófono y dijo: “no estoy de acuerdo, pero este es nuestro sistema”. ESO es democracia constitucional deliberativa. ESO es imposible para todos los pensamientos autoritarios, que ahora se llaman indigenismo, ecologismo, teoría del género, lobby LGTB y además todos ellos son marxistas en lo económico y fascistas en lo político. Por eso sus manifestaciones son violentas y niegan al otro su derecho a la libertad de expresión. El otro no tiene derecho a existir ni a expresarse: necesariamente es un asesino de indígenas, un miserable contaminador del medio ambiente, un discriminador hetero-patriarcal, un explotador, un anti-patria. Sólo merece ser silenciado y si se atreve a hablar, debe ir preso bajo delitos inventados al solo efecto de demonizarlo y excluirlo al ostracismo social.

La situación no podría ser más grave. Por un lado tenemos psicóticos totalitarios e histéricos como los Kim Jong-un, los Maduro, los Castro y por el otro democracias constitucionales debilitadas por estos movimientos autoritarios que, al estilo Gramsci y Hitler, las quieren finalmente voltear. Argentina estuvo a milímetros de ser Venezuela y por ende un estado títere de Cuba, pero lo peor es que casi todos los argentinos o ni se dieron cuenta o lo niegan. Siguen felices en su Matrix jugando al futbol, tomando mate, vistiendo camisetas del Che y yendo al odioso EEUU a comprar computadoras que luego pasan de contrabando, protestando por el estado controlador que sin embargo votan con total y completa devoción.

El diálogo sólo es posible con otro que nos respete. La grieta surge en cambio de un odio ideológico fruto de un contenido de pensamiento que considera al otro como un enemigo irreconciliable.

En medio de eso, el liberalismo clásico tiene que abrirse paso respetando al otro que lo odia y no lo respeta. ¿Eso lo hará desaparecer?

Puede ser. Pero cuando la Almirante Cornwell le dice a Michael Burnham que para ganarle a los klingon había que olvidarse de los principios, Burnham le responde que ellos son “all we have”.




Y sí. El liberalismo es civilización. Como tal, es una rara avis que surgió en medio de la barbarie de la especie humana después del pecado original. Y como tal, tal vez esté destinado a perecer, cuando sus partidarios se aterren ante el poder de la barbarie. 


domingo, 11 de febrero de 2018

JUDEOCRISTIANISMO, CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL Y LIBERTAD (Ensayo sobre el origen esencialmente judeocristiano de la libertad en Occidente)

(Instituto Acton, Buenos Aires, 2018).

ÍNDICE


CAPÍTULO 1:
LO MÍTICO, ISRAEL Y EL JUDEOCRISTIANISMO
1.      Lo mítico
1.1.     Lo mítico como sentido
1.2.     La esencia de lo mítico
1.3.     La des-mitificación en Israel
1.4.     La consiguiente distinción entre lo religioso, lo político y lo   científico
2.      El Judeocristianismo
2.1.     El Judeocristianismo, exotérico
2.2.     La suposición de la razón en el acto de predicación
2.3.     La razón que ya estaba presente en el Dios dialógico
2.4.     La razón ya presente en la des-mitificación
2.5.     La síntesis del Judeocristianismo con la filosofía griega
2.6.     La trans-formación de la filosofía griega
3.      La universalidad del Judeocristianismo

CAPÍTULO 2:
LA RAZÓN Y LA FE, LA AUTONOMÍA DE LO TEMPORAL Y LA LEY NATURAL
1.         El poder limitado, la ley natural, la ciencia
2.         La ley natural
3.         La ciencia
4.         La síntesis de Santo Tomás de Aquino
4.1.        La esfera de autonomía del príncipe secular
4.2.        La ley natural
4.3.        La ciencia
4.3.1.     Sapientibus non est curare de terminibus
4.3.2.     El “espíritu” de la ciencia que deja abierto Santo       Tomás
4.3.3.     Santo Tomás y su adelanto del método hipotético- deductivo

CAPÍTULO 3:
LA EVOLUCIÓN DE LA MODERNIDAD CATÓLICA
1.         Recordatorios terminológicos y conceptuales
2.         Neo-aristotelismos pre-iluministas
3.         Los agustinismos, neoplatonismos y neopitagorismos católicos
3.1.   Duns Scoto
3.2.   El humanismo y renacimiento católicos
3.2.1.  Nicolás de Cusa
3.2.2.       Giordano Bruno
3.2.3.  Nicolás Copérnico
3.2.4.  Galileo Galilei
3.2.5.  René Descartes
4.         Lutero
5.         La escolástica española
5.1.     Ejes centrales de sus aportes
                5.1.1.     Limitación del poder
                5.1.2.     Economía
                5.1.3.     Ciencia
5.2.     Análisis retrospectivo
                5.2.1.     Por qué no prevalecieron
                5.2.2.     ¿Influencias posteriores?
                5.2.3.     El problema filosófico
5.3.     Críticas injustas
6.      Conclusión


CAPÍTULO 4:
EL DRAMA DEL DIVORCIO ENTRE LA RAZÓN Y LA FE, LA EMERGENCIA DEL ILUMINISMO Y EL ENCAPSULAMIENTO DE LA IDEA DE LEY NATURAL
1.         La caída de la metafísica racional
1.1.       Introducción
1.2.       El debate Descartes-Hume-Kant
1.2.1.       El conocimiento de las “esencias”
1.2.2.       La demostración de la “existencia” de Dios
1.2.3.       La “inmortalidad del alma”
2.         El Iluminismo del s. XVIII
2.1.        Las tres ideas pasadas por el Iluminismo
2.2.        Consecuencias culturales adicionales
2.2.1.     Modernidad y post-modernidad
2.2.2.     Unión de verdad y objetividad
2.2.3.     La ciencia se une al estado
2.2.4.     La razón humana es acusada de tener una dialéctica
3.         Estados Unidos y su diferencia con el Constructivismo (Iluminismo)
4.         Conclusión: el encapsulamiento de la idea de ley natural

CAPÍTULO 5:
HACIA LA RECUPERACIÓN DE UNA METAFÍSICA RACIONAL Y LA IDEA DE LEY NATURAL
1.         Un problemático intento de recuperación
2.         La vuelta a la unidad entre razón y Fe
2.1.       La razón pública “cristiana” de Benedicto XVI
2.2.       Un Santo Tomás re-ubicado en su contexto, en diálogo con el mundo actual
2.3.       La recuperación de la metafísica y la idea de ley natural
   2.3.1.     La famosa esencia y la esencia humana: la fenomenología y la estructura dialógica del ser humano
   2.3.2.     La “existencia” de Dios
   2.3.3.     La forma substancial subsistente
   2.3.4.     Libre albedrío y conciencia crítica
3.      Conclusión: la noción de persona en diálogo con el no creyente

CAPÍTULO 6:
HACIA UNA MODERNIDAD CATÓLICA EN LOS SIGLOS XIX, XX Y XXI
1.         Gregorio XVI y Pío IX
2.         Mons. Dupanloup
3.         El caso Rosmini
4.         León XIII
4.1.     Distinción tesis/hipótesis
4.2.     Tolerancia por motivos de bien común
4.3.     La carta “Longincua oceani
4.4.     La libertad de las formas de gobierno
4.5.     La esfera propia del gobierno civil
4.6.     La encíclica “Libertas
4.7.     Evaluación retrospectiva
5.         El caso del liberalismo católico francés de fines del s. XIX: Dupanloup, Lamennais, Lacordaire, Montalembert y Ozanam
6.         El interregno de S. Pío X y Benedicto XV
7.         Pío XI
8.         El caso Luigi Sturzo
9.         Pío XII
9.1.     Introducción
9.2.     La santísima trinidad de sus documentos de 1939 a 1944
             9.2.1.     Sumi pontificatus (1939)
             9.2.2.     Con sempre (1942)
             9.2.3.     Benignitas et humanitas (1944)
9.3.     La laicidad del estado
9.4.     La libertad de prensa en la democracia constitucional
9.5.     Un adelanto de la libertad religiosa
9.6.     La teoría escolástica del origen del poder
9.7.     El “acompañamiento” de Pío XII a las democracias   europeas de la post-guerra
10.     El caso Jacques Maritain
11.     Juan XXIII
12.     El Concilio Vaticano II
12.1.   La distinción entre Iglesia y estado
12.2.   Los derechos personales
12.3.   La libertad religiosa
12.4.   La recta autonomía de lo temporal
12.5.   La ciencia
12.6.   El laicado
12.7.   Un balance del Vaticano II
13.     Benedicto XVI
13.1.     El discurso del 22-5-2005
13.1.1. El discurso en sí mismo
13.1.2.  La enseñanza de todo esto en relación a lo opinable
13.2.     El discurso del 2006
13.3.     El discurso en La Sapienza
13.4.     Los discursos ante Mary Ann Glendon
13.5.     Los discursos ante el parlamento británico y ante el  parlamento alemán
13.6.     La palabra “liberalismo”
13.7.     Balance

CAPÍTULO 7:
MIS ESPERANZAS
1.         Las libertades individuales en el contexto actual
2.         La recuperación del laicado
2.1.        La des-clericalización del laicado
2.2.        La vida cultural en general
2.3.        La falta de formación
2.4.        El bonum prolis
2.5.        La vida económica y empresarial
3.         La recuperación de lo opinable
3.1.        El tema en sí mismo
3.2.        ¿Señaló el Magisterio este ámbito de opinabilidad?
3.3.        Pero por el otro lado…
3.4.        ¿Por qué? Diagnóstico
3.5.        ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?

4.      La eliminación del Estado del Vaticano

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PREFACIO
El presente libro no es un libro de Historia en el sentido habitual del término[1]. Es un libro que trata de ir hacia la historicidad[2] de la idea de libertad, esencial a Occidente, mostrándola como un esencial resultado del Judeocristianismo.
La cultura actual en Occidente –ese Occidente cuyo sentido trataremos de desentrañar– se encuentra casi a la deriva. Las diversas posiciones post-modernas, como a su vez la Escuela de Frankfurt (que no es lo mismo) acusan a la “modernidad” de todos los males del mundo, confundiéndola con el Iluminismo, esto es, el proyecto de un Occidente secularizado en tanto separado de sus raíces religiosas. Las reacciones anti-modernas oscilan así entre un escepticismo post-moderno junto con nostalgias pre-modernas. Pero lo más terrible es que los cristianos, enfrentados también con ese mundo en verdad iluminista, oscilan entre versiones hoy moderadas de las teologías de la liberación, y nostalgias de antiguos regímenes cristianos que estarían eximidos de los supuestos males del capitalismo y las democracias actuales. Ambos grupos siguen siendo incapaces de ver una modernidad católica, que aunque no se haya dado históricamente, fue el ideal regulativo de los liberales católicos del s. XIX –Acton, Rosmini, Montalembert, Ozanam, Lacordaire, Dupanloup– donde la libertad de la persona frente a las monarquías ilimitadas, absolutas, siguió siendo el ideal que impulsa a diversos católicos actuales a luchar contra las democracias absolutas, el fascismo, el comunismo y todo tipo de sistemas totalitarios y autoritarios que hoy siguen cruelmente azotando y pisoteando a los seres humanos y a su consiguiente dignidad. Es la lucha intelectual permanente por un Occidente cristiano, un ideal tan radicalmente olvidado por católicos autoritarios como por fanáticos anticristianos secularistas.
El libro no afirma que los aspectos más contingentes de la libertad en Occidente –ciertas instituciones liberales típicas, como la división de poderes o el Constitucionalismo– o ciertas concreciones jurídicas de las libertades individuales –como el Common Law– sean un resultado necesario del Judeocristianismo, aunque sí afirma que no son incompatibles con él y que incluso pueden encontrar en cierto momento un “acompañamiento”[3] prudente del Magisterio Pontificio. Pero sí afirma que el ideal de las libertades de la persona, in abstracto, y la idea de limitación al poder (limited goverment), sí es un ideal regulativo que ha emanado del Judeocristianismo y hubiera sido inconcebible sin él.
Por más lejano que esto suene, en las actuales circunstancias históricas, este ideal, que presupone la armonía entre la razón y la fe, es la única salida que Occidente tiene para re-encontrar su camino y evitar su destrucción. La Iglesia como tal –a pesar de fuertes apariencias en contra, en la actualidad– no puede desaparecer porque las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Pero las civilizaciones sí pueden hacerlo. Si en la eterna providencia de Dios está dispuesto un período de re-construcción, sólo en estas ideas podremos tener nuevamente una Civilización Occidental y por ende… Cristiana.


Gabriel J. Zanotti
Buenos Aires, 23 de septiembre de 2017



[1] Permítasenos no entrar ahora en densas aclaraciones sobre epistemología y filosofía de la historia.
[2] Gadamer, H. G., El problema de la conciencia histórica, Madrid, Tecnos, 2000.
[3] Ya aclararemos este término.