domingo, 18 de junio de 2017

Día del padre ¿Solo una celebración comercial? Por Roberto Estévez.



El día del padre[1] es una de varias celebraciones comerciales, para que gastemos dinero en una época del año donde no gastamos tanto como en Navidad (que irónicamente no era una fiesta comercial cuando comenzó a celebrarse[2])

Sin embargo, con la edad uno va descubriendo que no importa tanto quién invitó a la fiesta cuanto poder ir cultivando la idea de que la vida es la fiesta y que quien, a pesar de los inevitables claroscuros de su tiempo, aprende a vivirla, puede llegar a vivirla para siempre[3].

Cada fiesta puede llegar a traernos una buena noticia. Este domingo se vuelve así un recuerdo de la paternidad y una invitación a la celebración de lo masculino.

Después del feminismo y después del machismo[4], es oportuno pensar qué es ser varón y qué es ser mujer.


El problema de lo masculino después del feminismo

El significado originario de Adán no es “varón”, sino “ser humano”. Dios formó al ser humano de la tierra. Adán viene de “Adama” (= suelo, tierra). Él ha sido tomado de la tierra y a la tierra volverá con la muerte. Pero la tierra recibe el hálito de vida que Dios insufló a Adán en su nariz. Así, pues, hay a la vez algo divino en el ser humano[5].

El ser humano se siente solo. Dios crea entonces toda clase de animales y se los presenta. Él pone a cada cual su nombre. Pero en ellos “no encontró una ayuda adecuada”[6]. En el mítico relato (“Palabra de Dios en lenguaje humano”), de la costilla de Adán, Dios crea entonces una mujer. De ella puede decir Adán: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer (ischah), porque del varón (isch) ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”. “Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro”[7].

En este relato, señala Anselm Grün[8], el hombre aparece como referido hacia la mujer. Ambos forman una unidad profunda. El varón suspira por la mujer. Encuentra su plenitud sólo cuando se sitúa ante la mujer en una buena relación. Varón y mujer se complementan. La historia de Adán y Eva esclarece no sólo la profunda unidad y la mutua pertenencia, sino también las motivaciones de las luchas de sexos que traspasan toda la historia de la humanidad.

Es evidente que el varón puede llegar a ser plenamente hombre sólo si reconoce a la mujer en paridad de rango y de valor y si se deja inspirar por ella. Esto se hace realidad sólo cuando él integra en sí a la mujer, cuando él entra en contacto con su “ánima”, tal como Jung designaba la parte femenina del alma masculina.


El camino y los valores del varón en la antropología bíblica

La siguiente dimensión de lo masculino que nos presenta la Biblia es Abraham, el varón peregrino el que sale de su tierra en una ambigua búsqueda donde deberá discernir su ideal de los múltiples ídolos que quieren captar su vida.

Hace muy poco tuvimos un Encuentro de un fin de semana para varones adultos y recibimos el regalo de que uno de los varones participantes tenía setenta y nueve años y era padre de otro participante de treinta y seis. El gozo de la paternidad, el amor del padre al hijo y del hijo al padre, que pudimos celebrar esos días, dejó una marca profunda en muchos de los participantes sobre su deseo de ser padres que aman y son amados por sus hijos, pero también despertó una inquietud similar a la de Isaac el huérfano de padre.

Es otra dimensión masculina, la necesidad de salir al mundo para iniciar la búsqueda del peregrino, hace necesario tomar distancia del padre, pero es una distancia que parte en línea recta en sentido contrario y que por tanto, algún día, el mismo movimiento de alejarse (valga aquí la imagen de la redondez de la tierra) debe llevarnos a el reencuentro[9].

Es Isaac, el huérfano de padre, el que en Jacob alcanza su plenitud como padre, el patriarca del cual se derivan las doce tribus de Israel. La paternidad que origina un pueblo bendito por todas las generaciones.
Si bien el Patriarca es una de las dimensiones masculinas más fuertes del Antiguo Testamento no es la única. La escritura nos presenta, de la mano de otros varones, otras dimensiones de lo masculino, que son a la vez otros valores de lo masculino: José el soñador, Moisés el guía, Sansón el guerrero, David el rey, Salomón el amante, Elías el profeta, Job el sufriente, Jonás el bufón, Pedro la roca, Pablo el misionero, Juan el amigo y el anciano sabio.

Cada una de ellas va desplegando lo masculino en relación:
El peregrino, el huérfano que se hace padre, es esposo que recibe y protege,
el soñador, el guía, el guerrero y el rey en su acción transformadora,
el soñador, el profeta y el sufriente en sus diferencias,
El bufón, el amigo y el amante de la esposa,
El bufón, el amigo y la roca de su esposa y amigos,
El anciano sabio antes de morir.

Concluyendo, el varón ha sido tomado de la tierra y a la tierra volverá con la muerte. Solo llegó a ser plenamente hombre si reconoció a la mujer en paridad de rango y de valor y si se dejó inspirar por ella[10].

La cultura postfeminista está todavía en una etapa de disolución de las diferencias. En este como en los restantes terrenos, el reconocimiento de las diferencias es parte del camino para reconocer una identidad que es diferencia y hace a las personas únicas en la igualdad.


Roberto Estévez
roberto.estevez@santodomingo.edu.ar



[1] La tradición católica europea lo conmemora el 19 de marzo, día de San José, padre de Jesús.
Sin embargo, Francia, Reino Unido y muchos países iberoamericanos, adoptaron la fecha norteamericana, el tercer domingo de junio.
[2] Donde “Papa Noel” que trae los regalos, sustituye el Niño que es el regalo en el pesebre.
[3] "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.” Evangelio según San Mateo 5,1-12.
[4] Una hipótesis para investigar psicológica y sociológicamente, es hasta qué punto la desaparición de una identidad masculina favorece la identificación con estereotipos islámicos en Europa y machistas en Iberoamérica. Del modo que el miedo a sí mismo es negado mediante la cosificación del otro.
[5] Gen 2,7.
[6] Gen 2,20.
[7] Gen 2,23-25.
[8] En su libro “Luchar y Amar” que seguimos en estas líneas.
[9] Una pequeña nota no sirve para agotar el tema, pero podría sernos útil en esto la parábola del hijo pródigo, que es inevitablemente la del padre misericordioso. Donde el hijo a quien no le correspondía el campo en herencia sale buscando su ideal y queda enredado en los ídolos, necesitando de volver al padre para estar liberado.
[10] Desafío común a los varones que conviven con mujeres y a los que han elegido ser célibes. Ineludible para la madurez humana de unos y otros.

LA ESENCIA DE MI PROYECTO DE CONCILIACIÓN ENTRE EL PSICOANÁLISIS DE FREUD Y UNA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA

        Establecido que el psicoanálisis puede ser una ciencia de conjeturas instrospectivas, abierto al diálogo y a la crítica, ¿qué relación guarda con una antropologia filosófica cuyo nivel de certeza sea mayor, abierta también al diálogo?

No necesariamente el psicoanálisis tiene que tener relación con el comprensible iluminismo de su autor. Creo, al contrario, que es mucho más compatible con Víctor Frankl y con la noción de persona de Santo Tomás dentro, a su vez, de la noción de pecado original del judeo-cristianismo. Aún tengo que desarrollar este programa de investigación pero desde ya afirmo que los inmensos esfuerzos de Frankl para alejarse de Freud no ayudaron en absoluto. Al contrario, se apoyan mutuamente. Freud no es la terapia para la pregunta logoterapéutica y filosófica fundamental, a saber, el sentido de la vida y de “mi” vida, pero es en cambio una casi condición para encararla. El yo queda muy debilitado por la cantidad de energía que tiene que consumir para soportar los conflictos derivados del re-direccionamiento necesario de las pulsiones originarias. Las neurosis fóbicas, de angustia, obsesivo-compulsivas, las identificaciones y fijaciones que llevan a la masificación, las melancolías de los duelos no resueltos, los edipos mal resueltos, toda la carga de negación más las transferencias negativas, todo ello produce un estado de dolor sordo que impide a la persona hacerse las preguntas de la existencia más importantes, y son con-causa de las existencias inauténticas y los escapismos que impiden pasar a la madurez de la vida. Muy pocas personas logran por sí solas una suficiente sublimación de sus pulsiones más inconscientes. Por lo tanto, una mayor comprensión y un mejor manejo –no digo “solución”- de nuestros conflictos, y un mejor manejo de nuestras neurosis, es una especie de condición para pasar a la pregunta por el sentido de la vida y una mayor madurez de la propia existencia. Esto es especialmente importante en las vocaciones religiosas que, si son encaradas como negación de conflictos graves, pueden tener resultados catastróficos.

A su vez, una vez distinguido el yo como función psíquica, y ubicado en las dos tópicas correspondientes (ello, yo, super-yo; inconsciente, preconsciente, consciente) se lo puede ubicar bien en una antropología filosófica donde la persona sea un espíritu racional que conforma un cuerpo, donde hay una esencia individual que es el yo, donde no todo es consciente. Pero entonces el yo cuyo sentido hay que descubrir (vocación) no es el yo que está entre el ello y el súper yo, sino que todo ello está en el mismo yo personal cuyas facetas hay que ir descubriendo, y el psicoanálisis es una de los métodos psicológicos para ir des-cubriendo esos aspectos no conscientes del yo, cuyos conflictos no resueltos nos impiden ir hacia la madurez personal y hacia la plenitud de la persona de la cual hablan todas las antropologías sensibles al tema religioso, donde Dios ya no sea el padre como función indispensable de la primera infancia, sino el sentido total de una vida que se entrega en una auto-donación, que para ello tiene que superar la noción de Dios como objeto.



domingo, 11 de junio de 2017

JAPÓN: LA RESTAURACIÓN MEIJI, EL CONSTRUCTIVISMO OCCIDENTAL, EL SHINTOÍSMO NO NACIONALISTA Y EL CRISTIANISMO.


La historia de Japón es muy poco conocida excepto para sus estudiosos, pero el cine se ha encargado de mostrarnos un momento crucial, difícil de interpretar, a través del film El último Samurai –que repite fielmente el mismo esquema de Danza con Lobos; Avatar sigue el mismo argumento-. Todos seguramente se han conmovido cuando las ametralladoras occidentales arrasan con “los últimos samurai” que con honor y valentía atacan con su destreza, sus espadas y sus caballos a un ejército menos honorable pero, como siempre sucede en la historia humana, dotado con una capacidad técnica imposible de superar.

¿Pero qué había detrás de ello, más allá del soldado occidental que se convierte en samurai? Lo que vemos, lejanamente y entre sombras, es lo que fue la Restauración Meiji, un decidido empeño por parte de cierta aristocracia japonesa para sacar a su nación del auto-encerramiento cultural que duró de 1603 a 1868. O sea, un intento de hacer un Japón “moderno”, con instituciones occidentales, y que aparentemente tuvo éxito: Japón se convirtió en la potencia industrial, técnica y política más poderosa de Oriente desde fines del s. XIX hasta fines de la Primera Guerra, en la cual se sentó, en Versalles, como cuarta potencia después de los delegados de Francia, Inglaterra y EEUU.

Por ende los supuestos malos de la peli eran en realidad los buenos. Si, tal vez el imaginario Omura era un corrupto malo malo malo pero en realidad formaba parte de un gobierno que quería sacar a Japón de su feudalismo y llevarlo hacia una modernización occidental donde los samurai ya no tendrían cabida como servidores de los señores feudales del Japón.

¿Pero qué intenta copiar, de Occidente, la Restauración Meiji?

Aquí entra la clave de la cuestión: no el liberalismo clásico, sino el racionalismo constructivista explicado una y otra vez por F. Hayek.

Esto es, no las libertades individuales con un gobierno limitado a custodiarlas, sino la construcción de un estado centralizado e imperial, dispuesto a barrer con el Antiguo Régimen anterior. O sea, los estados napoleónicos posteriores a la Revolución Francesa.

Por lo tanto, bajo aparentes instituciones liberales tales como las cámaras de representantes, las supuestas divisiones de poderes, las vestimentas occidentales y, por supuesto, la ciencia occidental, estaba la visión constructivista, bajo la cual el imperialismo y el dominio de otras naciones era también su directiva. Pero eso, vuelvo a decir, directamente importado de esa visión occidental de planificación central que quebró la evolución del liberalismo clásico y llevó a Occidente a los nacionalismos e imperialismos europeos que terminaron en la Primera Guerra. La dinastía Meiji no hizo nada más ni nada menos que llevar eso a Japón.

El Japón feudal tenía por supuesto sus bellezas culturales. Entre ellas el Bushido, relativamente similar[1] (pero creo que superior) a la tradición caballeresca medieval occidental. Algunos de sus valores eran muy similares al Cristianismo, pero esa unión no se pudo concretar no sólo porque la Dinastía Edo vio en el cristianismo una pérdida de la identidad nacional japonesa, sino porque, si ya en el Cristianismo occidental la noción de persona y sus implicaciones morales tardaron mucho en florecer, mucho más en Japón.

La religión nacional japonesa, el Shintoísmo, es una conmovedora mitología animista-politeísta, con preciosas consecuencias artísticas y ceremoniales. Es en principio una mitología nacionalista, porque Japón como nación se origina con la pareja de dioses fundacionales, Izanami e Izanagi, cuyo amor y descendencia da origen a las islas y a los habitantes de Japón, sin distinción entre lo viviente y lo no viviente, o entre lo divino y lo no divino[2]. Una de las características más interesantes del Shinto es que lo individual no aparece, sino en red, en conjunto, casi como neuronas que individualmente no tendrían sentido sino sólo en sus millones de conexiones sinápticas. Por eso, para dar sólo un ejemplo, no hay plato principal en la comida japonesa, sino varios relativamente diminutos que en conjunto constituyen el alimento.

En esa tradición de casi 2000 años era muy difícil introducir la noción de libertades individuales, pero fue coherente que la modernización coincidiera entonces con el constructivismo occidental, esencialmente colectivista.

Por eso la dinastía Meiji es primero una restauración, porque tiene que basar la nueva nación japonesa moderna en el seguimiento del linaje de un emperador-dios, que, aunque no cumpliera funciones de gobierno, siempre había simbolizado en Japón la continuidad de su origen divino. Pero además esa restauración convierte al Shinto, más que en una religión, en un conjunto de ceremonias de estado[3]. No había libertad para no seguir ese ceremonial –análogo al culto a los símbolos nacionales que los occidentales, acríticamente, siguen practicando- pero sí había libertad para otras “religiones”. Pero no para el Shinto, que se convirtió más bien en un conjunto de ceremoniales parecidos a la pietas romana del Imperio. Esa pietas formó parte del contenido obligatoria de la educación pública japonesa hasta 1945.

Por ende, para comprender la acción internacional del Imperio Japonés después de la Primera Guerra, hay que entender que ellos no podían ver las alianzas o no alianzas con las potencias occidentales con el ojo crítico de un libertario, sino sencillamente con la mirada de una nación colectiva donde lo individual no contaba sino el éxito o no de un proyecto nacional en los cuales otros proyectos nacionales –sea Inglaterra, Alemania, o quienes fueren- no eran más que aliados o enemigos en el logro de la grandeza del Japón Divino e Imperial.

Por eso tiene razón W. G. Beasley cuando explica el triunfo de políticas nacionalistas, después de 1918, frente a partidos más de izquierda –o sea no nacionalistas- en Japón: “…el fracaso en lograr apoyo popular fue lo que condenó a ambas clases de partido a la guerra. Las razones de ésta no han de buscarse en ningún factor singular y ni siquiera enteramente en las deficiencias de los políticos. Estribaban más bien en aquellas ideas e instituciones que habían desviado al pueblo japonés de la persecución de las libertades individuales para dirigirlo hacia el alcance de metas colectivas: las presiones formativas del sistema educativo; una religión estatal centrada en el emperador; la conscripción con el adoctrinamiento que la acompañaba; y la persistencia de actitudes autoritarias y tradicionales en sectores importantes de la conducta burocrática y familiar”[4].

Desde aquí se entiende también que el fundador del Aikido, Morihei Ueshiba, haya tenido una concepción universalista y no-nacionalista del Shinto japonés: porque basó sus convicciones en la secta Omoto[5], que, con elementos budistas, mantenía las tradiciones shinto pero separadas del culto al Emperador, por lo cual fue severamente perseguida. Ueshiba se salvó por su prestigio personal pero todo esto explica también que se auto-exiliara en el “muy” interior de Japón durante la Segunda Guerra y que su Aikido haya surgido luego como una cuasi-religión sintoísta exo-térica, universalista, que predicaba a todas las naciones la paz y el amor universal. No de casualidad fue el primer arte marcial que los Aliados permitieron luego de la Segunda Guerra.

Dicho todo esto, la pregunta es de qué modo o cómo subsiste hoy en Japón toda esta historicidad. La historicidad no es la Historia estudiada, es más bien el horizonte cultural pasado que vive en el presente.

¿Es plausible que una bomba atómica, por técnicamente poderosa y horrorosa que fuera, y la posterior anexión de Japón, prácticamente, como un protectorado de los EEUU, logren borrar la tradición shinto nacionalista y la nostalgia de la Gran Nación Divina Imperial?

En la historia humana,1945 a 2017 es un casi nada para responder.

Por eso creo que la clave es la gran intuición que Morihei Ueshiba tuvo de un shinto universalista y pacífico. Ello tiene un potencial diálogo con el Cristianismo y su noción de persona, donde el samurai seguirá siendo servidor de su señor, pero el Señor será Cristo[6] y por ende el shinto ya no será un colectivo, “el borg”, sino un orden comunitario donde cada persona tendrá ante todo el mandato de su conciencia.

El futuro de Japón no está en una vuelta a su nacionalismo pero tampoco, desde luego, en su desaparición bajo las peores y más decadentes formas de indiferentismo religioso occidental. Está en una síntesis entre su historicidad sintoísta, el shinto universalista de Ueshiba y la noción de persona del Cristianismo.

En todo esto hay que seguir trabajando.




[1] Ver Nitobe, Inazo: Bushido: The Soul of Japan (1904); Layout and Cover Disign, 2010.
[2] No hay Sagradas Escrituras relativamente oficiales en el Shinto, pero uno de los textos fundacionales de la mitología japonesa es el Kojiki, crónica de antiguos hechos de Japón; (datada aproximadamente en el 712 D.C.); Trotta, Madrid, 2008; Introducción y traducción de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla.
[3] Ver al respecto State Shinto: A Religion Interrupted, by Eryk, 2016, en https://www.tofugu.com/japan/state-shinto/
[4] Beasly, W.G.: Historia moderna del Japón, Sur, Buenos Aires, 1968, p. 246.
[5] Entre los biógrafos de Morihei Ueshiba, el que más se ocupó de esta crucial cuestión fue Stevens, J.: ver sus libros Invincible Warrior, Shambala, 1999, y Paz abundante, Kayrós, Barcelona, 1998.
[6] Es muy interesante al respecto la historia de Ukon Takayama, llamado el Samurai de Cristo (ver http://www.proyectoemaus.com/takayama-ukon-el-samurai-de-cristo/ ). Fue beatificado el 7 de Febrero de este año: http://es.catholic.net/op/articulos/61280/hoy-es-beatificado-justo-takayama-ukon-el-samurai-de-dios




domingo, 4 de junio de 2017

PROHIBIDOS LOS DESACUERDOS CON EL ACUERDO DE PARÍS



Sobre llovido, mojado. Trump, el malo, ha blasfemado contra los dogmas de la fe del sacro imperio romano científico-estatista. Pero como ahora es un sistema de emperadores autónomos, los demás están tratando de ver cómo le hacen un auto de fe y lo queman verdaderamente en alguna hoguera.

Los titulares y artículos de miles de news media en todo el mundo están en la desesperación. “Una decisión que pone en riesgo el futuro de la humanidad”. “Una decisión que expone con brutalidad la visión trumpista sobre el mundo”.  Y así en casi todo el mundo. Si sumamos a esto los prejuicios negativos anti-norteamericanos y anti "capitalismo", el combo no podría ser peor. 

Por lo demás, como dije tantas veces, tampoco se trata de defender a Trump en tanto Trump, quien no se caracteriza por su liderazgo, sus buenas formas ni su capacidad comunicativa, ni tampoco por sus buenos argumentos. No es cuestión de los trabajos para los norteamericanos. Ese no debe ser el punto. El asunto es el Acuerdo de París. Dos cosas al respecto.

Una, yo creo que sí, que hay un problema ecológico, que hay calentamiento global. Pero inútil tratar de explicar que luego de Popper, Kuhn, Lakatos y Feyerabend la ciencia no consiste en “hechos”, no? ¿Que todo depende de la conjetura corroborada, del paradigma dominante, del núcleo central, etc? ¿Qué por ende en ciencias naturales todo se puede debatir? Ah no, Zanotti, andate con tu filosofía a la miércoles. Sobre todo cuando tus lindos autores colocan un manto de libertad de expresión en lo que yo, el que no piensa como vos, pérfido y liberal Zanotti, he decretado indiscutible. Genial. La libertad de expresión sirve para debatir el fútbol del Domingo. En lo que verdaderamente nos afecta, se acabó y el que piense lo contrario es un imbécil o una mala persona, vaya uno a saber uno pagada por qué oscuros y pérfidos intereses.

Pero, vuelvo a decir, yo creo que sí, que hay un problema de calentamiento global. Pero el Acuerdo de París, el Protocolo de Kyoto, etc., han optado por medidas estatistas para solucionarlo. Y ese es el problema. El mercado libre es el incentivo para generar nuevos derechos de propiedad que puedan solucionar el problema. Los problemas de medio ambiente son problemas de indefinición de derechos de propiedad. La privatización de bienes públicos y la internalización de externalidades negativas sólo se producen cuando hay incentivos suficientes, de mercado, como para generar la creación de nuevas alternativas tecnológicas que puedan producir energías limpias. Las regulaciones estatales no hacen más que impedirlo, llevadas al paroxismo, como España que prohíbe a sus ciudadanos la instalación de paneles solares.

Pero todos estos temas, toda esta bibliografía, es ignorada olímpicamente por todos quienes ahora se rasgan las vestiduras.  Su ignorancia supina de economía, de Law and Economics, de Escuela Austríaca, etc, es más infinita que el universo newtoniano pero, desde luego, en nombre de esa ignorancia echan al ostracismo del descrédito a todo aquel que ose decir lo contrario.

Ese tema también me preocupa. La libertad de expresión sobre esta cuestión parece estar prohibida, so pena de insultos y descréditos gravísimos. Mala persona o imbécil el que piensa diferente. Casi como si defendiéramos la acción de un violador de menores. Igual pasa con la ideología del género y nuevos dogmas similares. Y, vuelvo de decir, no me refiero a Trump. Un universo paralelo interesante sería aquel donde alguien con las formas y charming de Obana hubiera dicho que las medidas del Acuerdo de París son inconducentes. ¿Habría recibido tantos bombazos?

Creo que sí. El consenso actual sobre ciertos temas no tolera disidencias. No es en broma, Feyerabend tiene razón: luego del Sacro Imperio, estamos ahora en otro sacro imperio. Y lo dice en serio. Pero claro, Zanotti, andate con tu Feyerabend a la miércoles, con tu hermenéutica a la miércoles, con tu Mises a la miércoles, sobre todo cuando lo que dicen puede objetar algo de los sacrosantos dogmas del imperio estatista actual.


Si, la verdad, me gustaría volver a Marte, mi lugar de origen. Mientras tanto que Dios me proteja.

domingo, 28 de mayo de 2017

SOBRE LA MUERTE DE LOS HUMILDES




Hace unos diez años que teníamos un plomero que se llamaba Miguel. Alto, pelo blanco, delgado, ya añoso, sus ojos reflejaban sin falta de alegría el dolor de una vida difícil. Llegaba, sonreía, calmaba, solucionaba los problemas, cobraba lo justo y a veces lo injusto para él. Yo fui desarrollando con los años una sutil amistad. Habitualmente lo acompañaba hasta su auto, ya viejito como él, llevándole su caja de herramientas. Hablábamos de la vida y yo lo escuchaba como a un abuelo. Y siempre así. Tenía mucho trabajo, estaba lleno de pedidos, pero si era urgente, venía y ejercía sobre los caños y sobre el agua un efecto parecido al de la Nanny McPhee.

A principios del 2016, en Enero, nos enteramos de que había muerto, en Septiembre del 2015. Un mes antes había estado trabajando en casa.

Y que ya estaba enterrado y olvidado.

Me quedé helado. El recuerdo es un recurso ante nuestros obvios lamentos por nuestra obvia mortalidad. ¿Pero qué pasa cuando no quedan ni recuerdos?

Sabíamos que tenía hijos y nietos pero nada más.

Aún parte de sus materiales están en nuestro balcón. Los había dejado para un próximo arreglo. Allí están. Casi como sus cenizas.

Nada. Pasó por el mundo en silencio, haciendo el bien, casi como si no hubiera existido. Qué curioso que los que hacen el bien en silencio no existan. Los que hacen mal y con mucho ruido, sí existen. Y pensar que Santo Tomás dice que el mal y el ruido no son existencias, sino privaciones…

En Guatemala, desde el 2003, nos hicimos amigos de Manuel. Un portero y guardia de seguridad. Manuel era bajito, delgado, de mediana edad. Con una amabilidad exquisita. Nos decía señorita Marcela y señor Gabriel. Pase, para servirle, qué manda. Con una naturalidad tal, con una esencialidad tan densa, que jamás le pedimos que nos dijera de vos, algo culturalmente inconcebible para él. Pero éramos amigos. Todos los años lo saludábamos con un gran abrazo. A la noche, en sus guardias nocturnas en el hotel, Marcela le preparaba un té con galletitas y yo se lo llevaba. Que gracias señor Gabriel, no se hubiera molestado señor Gabriel, gracias a la señorita Marcela. A la hora más o menos nos devolvía todo lavado y secado.

Y así, siempre. Era nuestro amigo. Uno de los mejores.

Y de repente, se murió.

Nos imaginamos que debe haber entrado en el cielo igual. Hola señor Pedro, gracias señor Pedro, qué manda señor Dios, muy amable señor Dios, para servirle señor Dios.

Pero se murió.

Y todo siguió igual, como si Manuel no hubiera existido.

La gente tan buena y humilde debería morirse con aviso. Pero no, tienen una muerte tan inexistente como su presencia.

Qué tan así es este mundo. Pero en el cielo deben haber entrado como los emperadores triunfantes entraban en Roma. Seguramente algo sorprendidos, pero Dios les debe haber explicado cómo son las cosas allí.

Mientras tanto aquí, se nos murieron. Llegaron a nuestra vida sin avisar. Se fueron sin avisar. De sorpresa. En silencio. En humildad.


Sea este un homenaje a todos los Migueles y Manueles del mundo.